
segun lei en marca Este domingo hace un año que la Liga perdió la Sonrisa, la más amplia y contagiosa que se recuerda en la última década en el mundo del fútbol. Un gesto amable que por momentos coronó a Ronaldinho como el mejor futbolista del mundo, un cetro que le concedieron propios y extraños y que él solito se encargó de dilapidar.
Eso sí, antes de apagarse, la superestrella del Barcelona dejó en el Calderón el último destello de una etapa, quizá una época. Un fogonazo en forma de chilena que supuso su último gol con la camiseta azulgrana. Fue el brillante modo de decir adiós y fue un 1 de marzo, como esta jornada.
También como ahora, el Barcelona acudía al Manzanares para librar una nueva batalla en su eterna guerra por la Liga con el Real Madrid, pero nada hacía presagiar que esa jornada (26), una más del campeonato, en el Calderón se iba a cerrar el llamado Círculo Virtuoso, ése que abrió Ronnie en julio de 2003 de la mano de Laporta y Rosell y que dejó en las vitrinas del club dos Ligas, una Supercopa y la segunda Champions en su historia.
Ni por un momento se le pasó por la cabeza a Xavi que aquel balón que salía de su bota derecha en busca de Ronaldinho iba a ser el último
Ni por un momento se le pasó por la cabeza a Xavi que aquel balón que salía de su bota derecha en busca de Ronaldinho iba a ser el último. Era el minuto 30 del duelo ante el Atlético y la Liga estaba demasiado candente como para imaginar lo peor.
Como otra veces, el astro brasileño agradeció la asistencia emulando al mejor Pelé con una chilena de película que dejó clavados a Valera y Abbiati... y el balón en la red. Con el reconocimiento incluido de la grada, el gaucho lo celebró como nunca. Quizá fuera una premonición, pero en ese momento el Barça se ponía por delante en el marcador y en la Liga. Un espejismo. Sólo ocho minutos después llegó la debacle.
Como si de un cambio de ciclo se tratase, Agüero tomó el testigo y en uno de los mejores partidos que se le recuerda de rojiblanco, hizo saltar por los aires al todopoderoso Barcelona de Ronaldinho. No hubo piedad: cuatro goles para una derrota (4-2) que dejaba a los de Rijkaard a cinco puntos del Real Madrid y lo que es peor, rodando hacia el abismo.
Dos partidos más y adiósLa goleada del Calderón abrió paso a un proceso de descomposición que terminó con el Barcelona a 18 puntos del campeón en Liga (Real Madrid), eliminado en semifinales de la Champions (Manchester) y apeados también en semifinales de Copa (Valencia). Un caída libre que arrastró todo cuanto había salió a su paso, Messi incluido.
El cabeza de turco, por supuesto, fue Ronaldinho. Acusado de fingir problemas musculares, la disoluta vida del crack no contribuyó a mejorar las cosas, que terminaron con un parte médico en el que se reconocía una rotura de aductores y que supuso el fin, de mutuo acuerdo, a la etapa del gaucho en el Barça. Era la crónica de una muerte anunciada tras dos temporadas repleta de egos mal entendidos y ningún título.
Entre aquel 1 de marzo ante el Atlético en el Calderón y su venta al Milan, quedan un partido de Champions ante el Celtic y una nueva derrota liguera frente al Villarreal el 9 de marzo, en el que fue su triste y adelantado adiós ante una afición que le acogió como a su Mesías la noche que debutó con un golazo (el primero de los 70 que marcaría en 145 partidos) al Sevilla cinco años antes. El ángel caído no pudo ni decir adiós.
Eso sí, antes de apagarse, la superestrella del Barcelona dejó en el Calderón el último destello de una etapa, quizá una época. Un fogonazo en forma de chilena que supuso su último gol con la camiseta azulgrana. Fue el brillante modo de decir adiós y fue un 1 de marzo, como esta jornada.
También como ahora, el Barcelona acudía al Manzanares para librar una nueva batalla en su eterna guerra por la Liga con el Real Madrid, pero nada hacía presagiar que esa jornada (26), una más del campeonato, en el Calderón se iba a cerrar el llamado Círculo Virtuoso, ése que abrió Ronnie en julio de 2003 de la mano de Laporta y Rosell y que dejó en las vitrinas del club dos Ligas, una Supercopa y la segunda Champions en su historia.
Ni por un momento se le pasó por la cabeza a Xavi que aquel balón que salía de su bota derecha en busca de Ronaldinho iba a ser el último
Ni por un momento se le pasó por la cabeza a Xavi que aquel balón que salía de su bota derecha en busca de Ronaldinho iba a ser el último. Era el minuto 30 del duelo ante el Atlético y la Liga estaba demasiado candente como para imaginar lo peor.
Como otra veces, el astro brasileño agradeció la asistencia emulando al mejor Pelé con una chilena de película que dejó clavados a Valera y Abbiati... y el balón en la red. Con el reconocimiento incluido de la grada, el gaucho lo celebró como nunca. Quizá fuera una premonición, pero en ese momento el Barça se ponía por delante en el marcador y en la Liga. Un espejismo. Sólo ocho minutos después llegó la debacle.
Como si de un cambio de ciclo se tratase, Agüero tomó el testigo y en uno de los mejores partidos que se le recuerda de rojiblanco, hizo saltar por los aires al todopoderoso Barcelona de Ronaldinho. No hubo piedad: cuatro goles para una derrota (4-2) que dejaba a los de Rijkaard a cinco puntos del Real Madrid y lo que es peor, rodando hacia el abismo.
Dos partidos más y adiósLa goleada del Calderón abrió paso a un proceso de descomposición que terminó con el Barcelona a 18 puntos del campeón en Liga (Real Madrid), eliminado en semifinales de la Champions (Manchester) y apeados también en semifinales de Copa (Valencia). Un caída libre que arrastró todo cuanto había salió a su paso, Messi incluido.
El cabeza de turco, por supuesto, fue Ronaldinho. Acusado de fingir problemas musculares, la disoluta vida del crack no contribuyó a mejorar las cosas, que terminaron con un parte médico en el que se reconocía una rotura de aductores y que supuso el fin, de mutuo acuerdo, a la etapa del gaucho en el Barça. Era la crónica de una muerte anunciada tras dos temporadas repleta de egos mal entendidos y ningún título.
Entre aquel 1 de marzo ante el Atlético en el Calderón y su venta al Milan, quedan un partido de Champions ante el Celtic y una nueva derrota liguera frente al Villarreal el 9 de marzo, en el que fue su triste y adelantado adiós ante una afición que le acogió como a su Mesías la noche que debutó con un golazo (el primero de los 70 que marcaría en 145 partidos) al Sevilla cinco años antes. El ángel caído no pudo ni decir adiós.

